La fragilidad de la música contemporánea

Joan Marín – Colaborador Colectivo Sonoro

Hace poco, me encontraba en el infinito océano de la red navegando. Por ahí me encontré con la imagen de un tweet en la que un docente universitario expresaba su inconformidad debido a que había sido despedido del lugar donde impartía clases. ¿El motivo?, sencillamente los estudiantes se quejaron porque el docente les exigía demasiado y los muchachos sintieron una sobrecarga en sus labores estudiantiles. Aunque el lobo siempre será malo si es Caperucita quien cuenta la historia, me llama la atención una puntual aseveración del docente: estamos ante una generación a la que no se les puede pedir excelencia, sino que es la mediocridad lo que prima.

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Eso me recordó el nombre que se la ha dado a la generación actual: la generación de cristal. Mi madre me preguntó “¿por qué les dicen así?” y le dije: “creo que es por su fragilidad”. Este no es un artículo sobre psicología ni sociología, pero con esta breve introducción, quería llegar al momento inicial de mi tesis: la música contemporánea parece sufrir de una fragilidad propia de su generación.

Me remontaré a la gloriosa época de los 90 en la cual crecí. Ya sé que, para muchos, los 90 no han sido la mejor época de todos los tiempos, pero me disculpan, para mí sí lo es, porque fue la que viví. Y allí me tienen con una mente semivacía, lista para llenarla de tantas cosas que se podían encontrar en aquellos días: cómics, dibujos animados, libros, conocimiento de nuevas tecnologías (de la época, por supuesto) pero sobre todo conocimiento musical. Recuerdo tener un walkman de los que pesaban y eran rojos o amarillos. Conmigo, una maleta con algunos 5 o 6 casetes de esos que llamaban “vírgenes” con música que, (como dice Franco Escamilla) “descargábamos” de la radio. Algunos otros eran más favorecidos con su discman y sus CDs… en fin, la música era como un jardín infinito de opciones, fragancias, olores, matices, alimento para los sentidos y muchísimas sensaciones y emociones que a veces era difícil describir.

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Existía una hermosa cadena musical llamada MTV que solo se podía ver con la televisión paga o parabólica. Los de barrio, los de calle como yo, teníamos al gran Canal 13; “Play TV, estamos contigo” se escuchaba decir en la transmisión y esa era la señal para que viniera la recarga de energía con bandas como My Chemical Romance, Good Charlote, Limp Bizkit, Linkin Park, Gorillaz y en general, de todo un poco. Creo que todas estas bandas armaron una especie de soundtrack de mi adolescencia. Luego, si mamá estaba de buen ánimo, se escuchaba algo de esa tierna música de planchar. Recuerdo a mi bella madre tomando la escoba para cantarme algunas bonitas letras que, desde su época de adolescencia, seguían sobreviviendo y disfrutando de un gran público por aquellos días.

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El rock en español comenzó un gran boom y se empezó a sentir la delicia de probar sabores cocinados por Los Fabulosos Cadillacs, Los Rodríguez, Caifanes, Jaguares, Héroes del Silencio, Soda Stereo y Cerati (a quién le debo mi amor y lealtad al rock en español y la guitarra eléctrica), Enanitos Verdes, Vilma Palma y la lista seguiría quién sabe por cuántos renglones más. Lo magistral del rock en español era ver cómo realmente se sentía la magia latina en sus tocadas. Claro que predominaba el rock, pero ahí tenías al piano haciendo tumbaos, ahí tenías unas congas contagiándonos con ganas de bailar el rock y ni qué decir de sus incomparables vocalistas.

Para los más románticos también había: Eros Ramazoti, Alejandro Sanz, Son by Four, Ricardo Montaner, incluso el propio Juanes. ¿Quién no dedicó “La cosa más bella” mientras escribía en una esquela perfumada (de las que vendían en la miscelánea junto al colegio), “TQM NUNCA CAMBIES”?, o ¿quién no llenó un montón de hojas escribiendo las letras de todas esas buenas rolas para cantar a grito herido mientras la casa estaba sola?

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“Súbale mambo, pa’ que mi gata prenda los motores…”, sí; la siguieron cantando, yo sé. Yo también la sigo cantando… Ya empezando los 2000, llegó el género urbano a marcar lo suyo. Evidentemente, había una historia detrás del reggaetón, pero fue para el 2000 o 2001, que llega Don Omar, Tego Calderón, Daddy Yankee y muchos otros que marcaron un antes y después del género. La salsa, el vallenato, la cumbia, el merengue y tantos otros estilos posibles dentro del jardín que les mencioné al principio. Había de todo en mis casetes, luego en mis CDs y cuando pude comprar un reproductor MP3, me aseguré de llenarlo semanalmente con canciones nuevas cada vez. Lo mejor de todo: había de dónde escoger, había qué escoger y había mucho por escoger.

En una entrevista realizada por Alejandro Marín a Santiago Cruz, contaba Santiago que cuando sacó su disco “Cruce de caminos”, su sencillo “Baja la guardia” pegó un montón y no deja de ser una gran canción aún hoy. Por aquellos días (hablamos del 2003 más o menos), se le acercó algún personaje a pedirle las versiones en salsa y reggaetón de su canción porque, aunque era un éxito de la balada romántica, se necesitaba que también fuera escuchada por los salseros y los reggaetoneros. Santiago muy enfático se negó y pidió que dejaran su canción como estaba. No se modifica y punto. Esa fuerza, esa fidelidad al sonido propio, al descubrimiento musical a través de un estilo único, eso que nos abría el abanico musical de colores y que nos brindaba tantas opciones, eso se extraña en la música actual.

Quien quiera hacer reggaetón, que haga reggaetón. Quien desee ser rockero, adelante y que viva el rock. Quien quiera seguir con el romance, a ver esas baladas que extrañamos dedicar. Quien quiera cantar salsa, ¡por Dios que estoy que azoto baldosa! Quien quiera hacer vallenato, ¡Ay hombre!, que se venga todo ese sabor. Quiero, en este punto, recordar que estoy dando solamente mi opinión y por supuesto, nada de esto se escribe en piedra. Soy tan solo un melómano que extraña tener las mil y una posibilidades que la música sabía brindar.

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Tal vez suena a que le quiero echar el agua sucia a la música, pero no es así. Más bien me entristece un poco ver cómo se ha convertido en una muestra de la generación de cristal. Existe la tendencia de condicionar los géneros. Por ejemplo, si el que canta vallenato, no mete una pinta de reggaetón al acordeón, no tendrá un nuevo hit. Si no quitamos las guitarras poderosas de un rock y si no metemos una batería sintetizada con una voz más suave, no pegará. Me parece que gran parte de esta ausencia de creatividad o mejor, limitación a ella, se debe mayormente a quienes escuchan y consumen música. Nuestras mentes solo necesitan un punchis punchis que nos haga mover las caderas y lograr conquistar a la chica que nos gustó aquella noche. Pero hemos dejado de lado el goce pleno de sentarnos a digerir cada sonido creado con el fin de deleitar nuestros sentidos y contrario a ello, estamos tratando que la música sea tan digerible (lo cual no es malo) hasta llegar a un punto en que todas se parecen (lo cual es muy malo) y finalmente, nos quedamos con uno o dos géneros que se encargan de asesinar vilmente a todos los demás. Vivimos en un momento musical que, efectivamente, tiene aún mucho por mostrar, pero al que no le puedes exigir demasiado porque tal vez, le da ansiedad.

Estoy convencido de que muchos me querrán crucificar al sonido de “quiere que me ponga ropa cara, Balenciaga, Gucci, Prada…” pero alguien tenía que decirlo: la música actual, sufre de fragilidad. Su amigo y servidor, Joan Marín.

Escucha ‘El melómano’, el podcast de Joan Marín dando click acá.

https://www.youtube.com/watch?v=IhdjmH-SbjQ

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