Ozzy Osbourne de Black Sabbath: ¿El final de una era?

Joan Marín – Colaborador Colectivo Sonoro

Ozzy Osbourne, el príncipe de las tinieblas, el tipo que convirtió morder murciélagos en un ritual de consagración del rock, colgó la guitarra y nos abandonó. Y no es solo que nos deje un vacío gigante en la escena del rock; es que con él pareciera que se va cerrando también el telón de una era que, honestamente, es muy seguro no veremos de nuevo.

Si te pones a pensar, no es solo Ozzy el que ha dicho adiós. En su momento, Bowie, Lemmy, Eddie Van Halen, Charlie Watts… todos esos maestros que hicieron que el rock fuera más que ruido y humo, se fueron despidieron poco a poco y no parece que haya nadie listo para tomar la cruz del trono con la misma intensidad.

Mientras tanto, la música que suena ahora —y no me malinterpretes, no todo está tan mal— parece diseñada para durar lo de un meme viral. Canciones que explotan en un chart, se hacen tendencia en TikTok y, en menos de seis meses, ya nadie recuerda. Son rápidas, brillantes, y muchas veces, vacías.

Vamos a tener una charla. De esa que tienes con un amigo durante las polas: con una mezcla de nostalgia, crítica y un poco de esperanza. Vamos a recordar lo que se está yendo, a ver muy por encima, qué diablos está pasando ahora y a reconocer a los pocos locos que todavía se aferran a esa onda maravillosa que llaman rock.

Destapa la pola y vamos. ¡Salud por Ozzy!

Cuando los dioses cayeron

No fue de golpe sino una caída lenta y constante. Como si los pilares del rock se desplomaran uno a uno, dejando el templo vacío y a nosotros con la nostalgia a cuestas.

David Bowie nos soltó la mano en silencio, con ese disco final que más parecía un susurro antes del adiós. Como que nos estaba avisando. Lemmy, el tipo que personificaba el «rockear hasta morir», se fue sin anestesia, dejando un hueco que todavía no sabemos cómo llenar. Eddie Van Halen, el mago de las seis cuerdas, nos mostró que hasta los dioses tienen fecha de caducidad. Y ni hablemos de Charlie Watts, que hizo de los Stones una maquinaria perfecta, hasta que la vida dijo basta. Nuestro amado Chris Cornell, con esa voz que parecía rasgar el alma, se fue demasiado pronto. Pero dejó claro que el dolor también puede ser arte.

Y si hablamos también los que se van bajando del ring por decisión propia o por las vueltas de la vida: Clapton, que sigue ahí pero hoy camina con paso más lento, los Stones que ya no son los mismos sin Keith, AC/DC que intenta mantenerse sin Malcolm Young.

Es inevitable pensar un poco, en que no hay relevo real, hermano. No hay un Ozzy 2.0, ni un Bowie remake, ni siquiera un Lemmy postizo. Este ciclo se está cerrando y lo hace con un ruido ensordecedor: el sonido silencio de los maestros que se apagan. Ya no quedan profetas. Solo ecos.

El soundtrack de una época descartable

Ahora, si los dioses del rock están cayendo dejando un legado eterno, la música que toma su lugar, por su parte, parece una carrera contra el olvido. La fórmula es sencilla: rápido, pegajoso y olvidable. No se me ocurre otro adjetivo: desechable. Da la impresión de que, hoy la música no se escucha, se pasa como un scroll más en el feed de lo olvidable.

¿Has visto cómo una canción puede dominar TikTok, explotar en todas las playlists y, a los tres meses, ya nadie la recuerda? Eso es diseño, sí. Pero del mediocre, papá. La música urbana y el pop actual funcionan con la lógica del consumo rápido, la inmediatez y la fugacidad.

Ejemplos hay para aburrir: “Dance Monkey” de Tones and I se convirtió en un himno global, con más de 3 mil millones de reproducciones en Spotify, pero su presencia en las listas cayó tan rápido como subió. “Old Town Road” de Lil Nas X explotó con una mezcla de country y trap, pero hoy ya es historia y las nuevas tendencias la han sepultado.

Son éxitos de tres meses, luego vienen otros, y la rueda sigue girando. No critico los géneros ni los artistas, pero es imposible ignorar que el objetivo es crear hits que suenen bien en 15 segundos y desaparezcan. Es como una fábrica en serie de productos de un sólo uso.

En contraste con los himnos eternos del rock, estas canciones son cápsulas de consumo: brillan rápido, te atrapan, pero no te dejan marca. Son para bailar, para entretenerse, no para pensar ni sentir.

Me pueden llamar purista, si quieren, pero no saben lo delicioso que era escuchar un disco completo con canciones que tenían sentido. Que te hacían disfrutar cada arreglo musical. Que provocaban todas las sensaciones habidas y por haber. Son esas mismas rolas que aún hoy, subsisten fuertes y sin pedirle permiso a ninguna moda. La contradicción es que la música actual se ha convertido en un ruido efímero, un espectáculo fugaz que se consume y se desecha al ritmo de un algoritmo.

¡Puta vida!


Clásicos que no mueren

Se encuentra uno con la fortuna de que, mientras la música de hoy se consume rápido y se olvida en un abrir y cerrar de ojos, el rock clásico sigue siendo un gigante que no se ha rendido al paso del tiempo. Canciones como Bohemian Rhapsody de Queen, Smells Like Teen Spirit de Nirvana, Iron Man de Black Sabbath, Sweet Child O’ Mine de Guns N’ Roses o Stairway to Heaven de Led Zeppelin no solo permanecen vivas en nuestras playlists, sino que siguen apareciendo en series, películas, videojuegos y hasta en conciertos tributo que llenan estadios en todo el mundo.

Es que, hermano, no estamos hablando de simples éxitos pasajeros. Son himnos que han trascendido décadas, generaciones y modas. Son parte de la banda sonora de la vida de millones, incluso de quienes no se consideran fanáticos del rock. Y sus números en plataformas digitales hablan por sí solos: acumulando cientos de millones, incluso miles de millones de reproducciones, demostrando que su vigencia es más real que la de cualquier hit moderno que dura unos meses. Estamos hablando de canciones que fueron grabadas hace demasiados años.

Pero, ¿qué hace que estas canciones sean casi eternas? No es solo el riff pegajoso o la voz potente. Es el valor artístico que llevan dentro: letras que cuentan historias profundas, a veces oscuras, otras llenas de esperanza… composiciones complejas que juegan con melodías, ritmos y dinámicas para crear una experiencias únicas y sobre todo, un sentimiento genuino que traspasa el altavoz y se mete en los huesos y el alma de quien las disfruta.

No eran canciones para ser escuchadas de fondo mientras haces otra cosa (aunque si, también. O ¿quién no hizo un sólo de Tonny Iommi con la escoba mientras barría?). Eran gritos de libertad, confesiones de dolor, explosiones de rabia y amor, manifestaciones crudas de lo que significa ser humano en tiempos turbulentos. Cada nota, cada palabra, cada silencio estaba cargado de intención y de verdad.

Por eso, mientras muchas canciones de hoy se olvidan al ritmo del siguiente viral, estos clásicos siguen vivos, recordándonos que la música puede ser mucho más que entretenimiento efímero.

No eran hits. Eran himnos. Obras de arte que representaban (y siguen representando) rebeldía.


Los últimos guardianes del rock

No todo está perdido, hermano. Aunque el rock pudiera estar intentando decir adiós para siempre, todavía hay un puñado de valientes que se niegan a dejar que la llama se apague. Los últimos guardianes del rock, digo yo. Los que siguen tocando con furia, honestidad y ganas, sin importar si están en el top 10 o tocando para veinte personas en un bar.

Sí, los viejos lobos siguen ahí. Metallica, que a pesar de las críticas, sigue sacando discos y llenando estadios con ese poder brutal. Iron Maiden que, a pesar de las décadas que llevan encima, siguen demostrando que la pasión por esto no tiene edad. Foo Fighters, con Dave Grohl al frente, esa leyenda que lleva el rock en las venas y que no baja el volumen ni con el paso del tiempo. Bruce Springsteen, el jefe, llenando arenas a sus setenta y tantos y cantando con la misma honestidad que hace cuarenta años. Pearl Jam, que sigue tocando como si fuera su última noche, recordándonos lo que significa el alma de una banda. Me alegró el alma saber que Limp Bitzky está de gira.

Pero quiero homenajear también, a los pocos que aún desean sostener el legado. Hay nuevas bandas que vienen con hambre y espíritu rockero, sin miedo de abrazar la tradición y darle una patada al presente. Greta Van Fleet, que aunque algunos los critican por sonar a Led Zeppelin, al menos tienen la valentía de intentarlo y al final, eso es lo más importante. Royal Blood con sus riffs demoledores, The Warning, Ghost o Maneskin, que se han colado en el mainstream con actitud y estilo. ¡Y qué estilo, papá!

Y en Latinoamérica, aunque no los oigas en la radio comercial, hay proyectos que laten con fuerza. Bandas como Él Mató a un Policía Motorizado, Revolver Plateado, Diamante Eléctrico, Los Bunkers y otros artistas independientes, que ponen alma y corazón en cada nota, incluso sin la industria detrás.

Lo que une a estos últimos rockeros no es la moda ni la viralidad. No hacen música para volverse un baile viral o acumular likes. Hacen música para dar un mensaje, para crear algo que dure, que duela, que importe.

No es moda. Es identidad. No es viral: es vital. ¡Severa frase que me saqué ahí! Salud, hermano.


Después del trueno, el eco

Ozzy se ha ido. Ese trueno que fue su voz, su locura y su furia, nos dejó un silencio que pesa y que se siente en cada riff que ya no sonará igual. En cada canción que perdió a uno de sus últimos guerreros. Yo tengo mucha nostalgia porque nunca pude verlo en vivo, entonces me disculpas si me leíste un poco melancólico. Pero, si cerramos los ojos y subimos el volumen, todavía podemos escucharlo rugir. No se trata de un adiós definitivo. Aunque así lo parezca, el rock no murió pero podríamos estar presenciando el lento adiós de una era.

Estas palabras no pretenden ser un llanto ni una despedida triste. Más bien es una llamada a la conciencia rockera, un grito para quienes aún sienten esa energía que el rock encendió en millones de corazones. Porque la verdad es que no sabemos si la llama se está apagando o simplemente se está transformando. ¿Volverá ese tiempo en que una guitarra podía romper la realidad y una letra sacudir hasta el último rincón de tu alma? ¿Volverán los días donde el ruido era poesía y rebeldía a la vez?

Tal vez esa incertidumbre es parte del encanto, de la magia, de la eterna lucha que mantiene vivo el espíritu del rock. Mientras haya alguien que tome una guitarra con la intención de decir algo real, de expresar rabia, amor, frustración o esperanza, aunque sea para un puñado de personas en un bar pequeño y polvoriento, el rock seguirá respirando.

No se trata de cuántos likes tenga una canción, ni de si se vuelve viral en TikTok, ni de si suena en la radio o la nominan a premios de la academia. Se trata de que sea vital. Que tenga alma. Que te haga sentir algo que no puedes explicar con palabras.

Así que este texto más allá de ser un homenaje, es también una invitación a no dejar morir lo que nos hizo sentir vivos, a sostener esa llama que arde desde hace décadas, a recordar el legado pero también a buscar, crear y defender lo que aún puede ser. Apoyemos a nuestros rockeros que aún siguen luchando por mantener vivo aquello que a su vez, nos da vida a nosotros.

El trueno se ha ido, pero su eco sigue ahí. Está esperando a que alguien le dé fuerza para rugir otra vez, para hacerse sentir, para sacudir el mundo con las melenas una vez más.

Y entonces, ¿vamos a dejar morir el fuego? ¡Larga vida al rock y larga vida al eterno, Ozzy!


Mira también:

Conoce el cartel completo de artistas y grupos del Riot Fest 2025.

Estéreo Picnic: las peticiones del público para 2026.

Artistas confirmados para el Corona Capital 2025.

Festival Cordillera 2025: line up completo, fecha, lugar y precios de las entradas.

Vans Warped Tour 2025 Orlando: cartel completo, fecha, lugar y precios.