Pinball: libertad y colisión en el neo jazz limeño

Lima tiene una escena de jazz experimental que ha crecido en la última década a través de espacios autogestionados y ciclos de conciertos que han permitido a músicos académicos y experimentales converger en un lenguaje común que desafía el canon. Es un ecosistema donde la técnica se pone al servicio del riesgo, donde la identidad musical se construye en diálogo constante con otras disciplinas y con el uso intensivo de la tecnología aplicada al sonido. De ese ecosistema emergen Andrew de Chair Baker, Francisco Haya de la Torre, Teté Leguía y Ken Ychicawa, cuatro músicos con trayectorias forjadas entre Lima, Barcelona y Nueva York que han decidido reunirse bajo un propósito compartido: desmantelar las estructuras convencionales del jazz para dar paso a una narrativa sonora cruda y transgresora.

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Lo que Baker, Haya de la Torre, Leguía e Ychicawa han construido en Pinball pertenece a esa tradición post-Ornette de la improvisación libre donde el instrumento deja de ser un vehículo de expresión individual para convertirse en una fuente de fricción colectiva. El saxofón de Baker raspa, interrumpe, explota en ráfagas de textura que el procesamiento electrónico de Haya convierte en algo parecido a una señal captada desde otra frecuencia. El bajo de Leguía actúa como una línea gravitacional que los demás orbitan sin terminar de obedecer, mientras Ychicawa construye una percusión que no lleva el ritmo tanto como lo interroga, lo desmonta pieza por pieza y lo reensambla en configuraciones que nunca terminan de estabilizarse.

La metáfora central del disco es más precisa de lo que parece a primera vista. Una bola de pinball obedece leyes físicas perfectamente determinadas; lo que la hace impredecible es la velocidad de los rebotes, la acumulación de variables que ningún jugador puede calcular en tiempo real. El álbum funciona exactamente así: hay una conversación real entre cuatro músicos que se escuchan con una atención casi clínica, pero la trayectoria del sonido es siempre inesperada, siempre un milímetro más allá de donde el oído anticipaba que iba a caer. En ese espacio entre la anticipación y el impacto es donde el disco instala su tensión más productiva. Y cuando esa tensión evoca los paisajes físicos del Perú, desde la neblina densa de una madrugada costeña hasta la brutalidad súbita de un huaico, lo hace con la misma lógica de fuerzas climáticas que operan con indiferencia ante cualquier expectativa del oyente.

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Pinball se publica a través de A Tutiplén Records, sello que ha sabido articular propuestas tan dispares como el rock psicodélico de Miki González y las exploraciones de vanguardia de esta nueva generación. Es, en última instancia, un documento de lo que ocurre cuando músicos entrenados en las tradiciones formales del jazz usan esa formación como una plataforma de lanzamiento. El hecho de que ese diálogo ocurra en Lima, alimentado por una escena que sobrevive a base de autogestión y voluntad creativa, le añade una dimensión política que el propio disco no necesita explicitar porque ya está inscrita en cada segundo de su duración. Escúchalo con auriculares, en la oscuridad, y deja que la bola rebote.

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