Hay una escena que no me puedo sacar de la cabeza. No la vi en vivo, pero la imagino con una claridad que me incomoda: cuatro músicos en un cuarto, dos horas de improvisación, una sola toma. Nadie dice «otra vez». Nadie pide «desde el compás ocho». Nadie corrige. Lo que sale, sale. Y lo que salió es Bahía, el nuevo disco de Karen Zárate.
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Escribo este texto con el disco puesto, y confieso que me cuesta escribir. No porque la música sea difícil, que lo es, en el buen sentido, sino porque cada vez que intento atrapar una idea con palabras, la música se mueve. Es como intentar describir el mar mientras la marea sube. Las palabras llegan tarde. Las palabras siempre llegan tarde.
La trampa de la crítica
Los que escribimos sobre música vivimos en una contradicción permanente. Nuestro trabajo es traducir el sonido al lenguaje, pero el sonido, sobre todo el sonido improvisado, resiste la traducción. Podemos decir que Bahía es un disco de free jazz, que fue grabado en tomas únicas, y en el que, además de Karen Zárate, participan Adrián Escamilla, Enrique Camacho y Pablo Loaiza. Podemos incluso analizar la interacción entre los dos bajos, ese intercambio de funciones que es lo más potente del álbum. Pero nada de eso explica lo que pasa cuando uno lo escucha.
Y lo que pasa es que uno deja de escuchar un disco y empieza a escuchar un lugar. La Bahía de Banderas, ese conglomerado de playas entre Jalisco y Nayarit, se cuela por los parlantes no como referencia temática sino como presencia física. El oleaje está ahí. La noche negrísima de Cruz de Huanacaxtle, donde no hay alumbrado público y las estrellas fugaces caen sin testigos, está ahí. La resistencia de una población al desplazamiento, el monitoreo de tortugas y ballenas, el picor de una raya; todo está ahí, no como ilustración sino como textura.
El free jazz no es un género, es una ética
Hay algo que se repite en las notas de prensa de *Bahía* y que merece detenerse: «El sello distintivo es la creación de escenarios o fragmentos abiertos en lugar de composiciones estrictamente cerradas». Traducido: Zárate no escribe canciones, escribe condiciones. Prepara el terreno, invita a los músicos, y luego suelta. Lo que ocurra después es responsabilidad de todos.
Eso, en un país donde la música popular se mide por streams y virales, es casi un acto de sabotaje. Pero también es una lección. Porque el free jazz no es un género musical: es una ética de la escucha. Es la creencia de que la música no se impone, se negocia. De que el silencio de uno es la oportunidad del otro. De que equivocarse en vivo, frente a un público, es más honesto que corregir en el estudio.
Zárate lo aprendió de sus maestros, Charlie Haden, Paul Motian, Anthony Braxton, John Coltrane de los setenta, pero también lo aprendió de Rodney Whitaker, con quien estudió becada en 2025, y de las noches en Pizza Jazz Café, donde fue artista invitada regular entre mayo y agosto de 2026. Ahí, tocando dos veces por semana, a veces cada quince días, con músicos de todos los niveles y orígenes, aprendió que la improvisación no es un privilegio de virtuosos sino una práctica de comunidad.
La escena que no sale en los medios
Mientras escribo, pienso en cuántos discos como Bahía se están grabando en este momento en la CDMX y no van a aparecer en ningún medio. Pienso en los foros independientes (Pizza Jazz Café, Rebel Rebel, Mae’s Clab, entre otros) que sostienen una escena que los grandes medios ignoran. Pienso en los 200 asistentes que llenaron el estreno del Karen Zárate Quartet en ORJAZZM el 7 de marzo de 2026, un sold out que no fue noticia en ningún lado.
El jazz mexicano tiene una escena viva, y esa escena no vive de los premios ni de las disqueras multinacionales. Vive de los foros, de las becas, de los festivales independientes, de los músicos que tocan dos veces por semana por amor al ruido. Vive de gente como Escamilla, que además de tocar el saxofón es dueño de un foro y se sube a tocar con las bandas invitadas casi a diario. Vive de gente como Camacho y Loaiza, que grabaron *Bahía* una semana antes de irse de gira por Costa Rica. Vive de gente como Zárate, que en lugar de buscar un contrato grabó dos horas de improvisación y las publicó tal cual.
Esa escena no es rentable. No es viral. No es tendencia. Pero es real, y está pasando ahora, y merece ser contada.
Una última cosa
Termino el disco y vuelvo a empezar. Bahía tiene siete piezas, pero se escucha como una sola. «Canto al Sol», «Bahía», «He pensado en ti», «Cima», «Bosque de Niebla», «Raya», «Noche». Cada una es un fragmento de un mismo paisaje, una misma memoria, un mismo cuerpo de agua que se mueve.
El jazz no se escribe. Se escucha. Y a veces, si uno tiene suerte, se graba.
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